jueves, 22 de mayo de 2014

ella desaparecía

La contemplaba con un voyeurismo exhaustivo. La contemplaba con los ojos más perspicaces que he visto en mi vida. La contemplaba como si ella fuese lo último que él observaría en su existencia; como si quisiera memorizar cada recoveco de sus piernas ligeramente pálidas y, a la vez, con un pequeño tono múrice. La contemplaba con rabia, con pasión, con frenesí, con debilidad, con un desenfreno absoluto. La contemplaba de arriba a abajo, y ella, indiferente, no -quería- darse cuenta.

La contemplaba, él la contemplaba.

Leía las comisuras de sus labios cual hermenéutico haría con las de Cleopatra.

Escribía sobre su forma de caminar por los suburbios -como si toda la maldad del terreno se armonizase hasta parecer inofensiva-, con la mente en blanco pero la mano llena de ideas que querían escapar.

Llegó a memorizar el gesto que hacía cuando algo le disgustaba, su forma de arrugar la nariz; o cuando probaba algo dulce, sus labios se separaban sigilosamente para dejar escapar un suspiro; o cuando algo le parecía interesante, esa luz cegadora que cobraban sus ojos esmeralda; o aburrido, el blanco de su mirada; o angustiante, sólo con ver su piel de gallina. Consiguió retener su lenguaje de signos de tal manera que, si se lo planteaba -y claramente lo hacía-, podría imaginarla en cualquier situación existente y por existir.

Conocía su armario como la palma de su desganada mano, cada falda, cada blusa; si cambiaba ligeramente su color de labios, o de sombra de ojos, o el perfume, él lo notaba.

La comprendía en silencio; y la consolaba con la miraba que le mandaba desde la oscuridad que desprendían todos los corazones rotos.

La veía en todos lados, siempre que tuviera los ojos cerrados; cuando los abría, ella desaparecía.

jueves, 2 de enero de 2014

Odio tus ojos.

Te odio. Odio la manera que tienes de mirarme lastimeramente cuando no te hago caso. Odio tus brazos, que tan bien me saben consolar cuando lo necesito, que tantos abrazos acogieron. Odio tu actitud prepotente cuando te puede ver alguien. Odio que me des a ver, con tu apiadadora sonrisa, que sólo soy alguien más, mientras que tus palabras certeras dicen todo lo contrario. Odio tus ojos. Odio que me mientas. Y odio creérmelo. Odio que me seas imprescindible.Y odio la rapidez que tienes prescindiendo de mi. Odio tu sonrisa. Odio pensarte. Y odio pensar que me piensas. Odio tus ojos. Odio que me digas cosas imperfectamente perfectas, que me metas en una burbuja construida con mentiras y que me hagas flotar en sueños de cosas que nunca tendré, y que con una sola verdad que se te escapa, consigas que me precipite en un vacío de llanto y desesperación. Y Dios, cuanto odio tus ojos. Odio profundamente todas y cada una de las noches que paso en vela pensando(te).

Pero lo que más odio es, que te quiero tanto que no me puedo permitir odiarte, ni un  poquito, ni lo más mínimo. Te quiero tanto qué, sin llegar a amarte, te tengo en un puto pedestal, un pedestal del que, poco a poco, me obligas a alejarme. Te quiero por mucho daño que me hagas, y dudo dejar de hacerlo alguna vez. Te quiero, a pesar de tus ojos. Te quiero, aún por todo por lo que me has hecho pasar. "De quererte a reventar, a reventar por quererte, a quererte reventar." Y es que, aún que te odie más que a nada, y te quiera por eso mismo, mi orgullo tuvo envidia del tuyo, y se subió a aquel precioso pedestal que te construí. Y ahí se ha quedado, más alto que nadie, y yo sin intención de mirar atrás.

viernes, 23 de agosto de 2013

Marcas de celo y agujeros de chinchetas.

Otra vez más, es la tercera vez que se despierta esta noche. Esta vez tiene más calor que nunca. Se incorpora, con la intención de ir al baño a lavarse la cara.

Pero le pesa tanto el cuerpo que se queda así, mirando la pared en la cual solían haber muchas fotos de los dos, pero ahora sólo hay marcas de celo y agujeros de chinchetas.

Hace un movimiento como de querer quitarse un mosquito de la cara, pero en vez de al insecto, se encuentra en la cara una lágrima. Se deshace de ella como si de veneno se tratase, y luego se arrepiente porque ahí donde se ha dado,  ahora está no solo más mojado, sino que seguramente le saldrá un cardenal. Y eso le puede. Se acurruca en la cama y empieza a sollozar,  y a su cabeza llegan recuerdos. Estaba en la misma posición, llorando también. Pero había algo distinto: él.  Ahí estaba, abrazándola, protegiéndola con su esbelta figura, susurrándola cual pájaro cantor que todo saldría bien.

Gira la cabeza, deseando que no fuera un fruto de su despiadada imaginación, pero eso sólo consigue que se decepcione más.  Ella bien sabe que ahora nada es lo mismo; donde antes había un vivo corazón ahora sólo hay cristales rotos; donde antes había una respingona sonrisa ahora sólo hay llanto amargo; donde antes habían fotos de los dos, y recuerdos, preciosos recuerdos, ahora sólo hay marcas de celo y agujeros de chinchetas.

Ilusa ella si piensa que habrá marcha atrás.

Iluso él si piensa que será fácil de olvidar.

Ilusa la cama que piensa que les volverá a cobijar de sus problemas.

Ilusa la luna si la quiere oír reír de nuevo. Ella ya no reirá jamás.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Atte: Otra persona más cuyo corazón has hecho trizas.

Ajám. Creo que esta sensación ya me la conozco.

Ya sabes, cuando el corazón te late algo más intensamente cuando piensas en él; cuando de vez en cuando haces alguna estupidez de la que en parte no te arrepientes; cuando al cojer un boli lo primero que escribes es su nombre, y eso mismo es lo que piensas antes de dormir y nada más despertarte.

Si, ese sentimiento que hace que todas las personas estemos un pelín más locas, y, en el fondo, algo más felices. Sin duda, lo conozco. Y sé también que cada segundo que pasa es para que quede menos para volver a vernos.

En efecto, Cupido, estoy enamorada. Me has vuelto a dar, cabrón. Y encima, sigues siendo igual o más cruel cruel, como no.

¿No podrías, alguna vez, ponerte algo de maquillaje y salir al escenario para hacer de mi vida una película de cuento de hadas? Que sí, que lo sé, que somos todos muy pesados con esto. Pero no seas tan hijoputa la próxima vez. Y aseguraté que a quien disparas no se encontrará a miles de kilometros, ¿vale?
Sólo te pediré una cosa más. Esto no tiene futuro y yo lo sé tan bien como todos, pero puedes hacer que esto no sea tan doloroso. No puedo dejar de pensar en todas sus palabras, miradas, sonrisas que me ha dedicado y que he desperdiciado. Y si no vas a parar de hacer putadas a la gente, ya de paso, añade un poco de valor a tus putas flechas envenenadas. 

Dicho esto, me despido.
Atte: Otra persona más cuyo corazón has hecho trizas.

martes, 16 de julio de 2013

viernes, 12 de julio de 2013

Y vuelta a empezar...

Sueños rotos.
Sueños rotos y esperanzas que se hicieron añicos. Un paso en falso y se los clava como si de cuchillas se tratase. 

Y miedo. Un miedo que le recorre todo el cuerpo, doliendo allí donde más lo siente. Miedo a que todo lo que sintió se pierda en el olvido. Miedo a que nada de lo que haya pasado fuese real. Pero sobre todo, miedo a que sí haya pasado, y que no sirviese de nada todo lo que hizo. 

Todas las lágrimas derramadas, todas las cartas escritas, todas las facturas telefónicas con las que tanto se habían enfurecido sus padres. Miedo a que todo eso se desvanezca, como si nunca hubiese pasado, dejando un pequeño agujero en su pecho. Un agujero allí donde latía su corazón, allí donde todas esas mariposas se habían revelado, allí donde tantas veces él se había quedado dormido.

Pero no. Ya había sufrido demasiado, ¿no? Estaba harta de ser siempre la niñita buena.
De un portazo cerró la puerta de su habitación y se dirigió al baño. Se miró en el espejo: la misma mierda de siempre. Pero esta vez tenía unas ojeras impresionantes, y unas marcas grises ahí donde el rimel se había corrido. Quieta, pestañeando, sin saber que hacer. Se veía horrible, fea, asquerosa... Y más delineador corrido por culpa de nuevas lágrimas. Lo que ella no veía es que detrás de aquella capa de humedad había unos increíbles ojos castaños. Tras las manchas de pintura empapada, una cara preciosa. Pero ella no lo apreciaba. Después de veinte segundos contemplándose, se empapó la cara con agua fría. Las manchas desaparecieron, y las ojeras se en clarecieron. Se secó, y se volvió a poner el rimel y el delineador, y algo de maquillaje en las sombras que continuaba teniendo bajo los ojos. Pero no se paró a mirar lo hermosa que estaba. De camino a la entrada, cogió su bolso, y se fue.

Estaba dispuesta a acabar con todo esto de una vez por todas, a decirle que ya había sido suficiente. Pero llamó a su puerta, le miró a los ojos, y vuelta a empezar...