jueves, 2 de enero de 2014

Odio tus ojos.

Te odio. Odio la manera que tienes de mirarme lastimeramente cuando no te hago caso. Odio tus brazos, que tan bien me saben consolar cuando lo necesito, que tantos abrazos acogieron. Odio tu actitud prepotente cuando te puede ver alguien. Odio que me des a ver, con tu apiadadora sonrisa, que sólo soy alguien más, mientras que tus palabras certeras dicen todo lo contrario. Odio tus ojos. Odio que me mientas. Y odio creérmelo. Odio que me seas imprescindible.Y odio la rapidez que tienes prescindiendo de mi. Odio tu sonrisa. Odio pensarte. Y odio pensar que me piensas. Odio tus ojos. Odio que me digas cosas imperfectamente perfectas, que me metas en una burbuja construida con mentiras y que me hagas flotar en sueños de cosas que nunca tendré, y que con una sola verdad que se te escapa, consigas que me precipite en un vacío de llanto y desesperación. Y Dios, cuanto odio tus ojos. Odio profundamente todas y cada una de las noches que paso en vela pensando(te).

Pero lo que más odio es, que te quiero tanto que no me puedo permitir odiarte, ni un  poquito, ni lo más mínimo. Te quiero tanto qué, sin llegar a amarte, te tengo en un puto pedestal, un pedestal del que, poco a poco, me obligas a alejarme. Te quiero por mucho daño que me hagas, y dudo dejar de hacerlo alguna vez. Te quiero, a pesar de tus ojos. Te quiero, aún por todo por lo que me has hecho pasar. "De quererte a reventar, a reventar por quererte, a quererte reventar." Y es que, aún que te odie más que a nada, y te quiera por eso mismo, mi orgullo tuvo envidia del tuyo, y se subió a aquel precioso pedestal que te construí. Y ahí se ha quedado, más alto que nadie, y yo sin intención de mirar atrás.

1 comentario: