viernes, 23 de agosto de 2013

Marcas de celo y agujeros de chinchetas.

Otra vez más, es la tercera vez que se despierta esta noche. Esta vez tiene más calor que nunca. Se incorpora, con la intención de ir al baño a lavarse la cara.

Pero le pesa tanto el cuerpo que se queda así, mirando la pared en la cual solían haber muchas fotos de los dos, pero ahora sólo hay marcas de celo y agujeros de chinchetas.

Hace un movimiento como de querer quitarse un mosquito de la cara, pero en vez de al insecto, se encuentra en la cara una lágrima. Se deshace de ella como si de veneno se tratase, y luego se arrepiente porque ahí donde se ha dado,  ahora está no solo más mojado, sino que seguramente le saldrá un cardenal. Y eso le puede. Se acurruca en la cama y empieza a sollozar,  y a su cabeza llegan recuerdos. Estaba en la misma posición, llorando también. Pero había algo distinto: él.  Ahí estaba, abrazándola, protegiéndola con su esbelta figura, susurrándola cual pájaro cantor que todo saldría bien.

Gira la cabeza, deseando que no fuera un fruto de su despiadada imaginación, pero eso sólo consigue que se decepcione más.  Ella bien sabe que ahora nada es lo mismo; donde antes había un vivo corazón ahora sólo hay cristales rotos; donde antes había una respingona sonrisa ahora sólo hay llanto amargo; donde antes habían fotos de los dos, y recuerdos, preciosos recuerdos, ahora sólo hay marcas de celo y agujeros de chinchetas.

Ilusa ella si piensa que habrá marcha atrás.

Iluso él si piensa que será fácil de olvidar.

Ilusa la cama que piensa que les volverá a cobijar de sus problemas.

Ilusa la luna si la quiere oír reír de nuevo. Ella ya no reirá jamás.

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