La contemplaba con un voyeurismo exhaustivo. La contemplaba con los ojos más perspicaces que he visto en mi vida. La contemplaba como si ella fuese lo último que él observaría en su existencia; como si quisiera memorizar cada recoveco de sus piernas ligeramente pálidas y, a la vez, con un pequeño tono múrice. La contemplaba con rabia, con pasión, con frenesí, con debilidad, con un desenfreno absoluto. La contemplaba de arriba a abajo, y ella, indiferente, no -quería- darse cuenta.
La contemplaba, él la contemplaba.
Leía las comisuras de sus labios cual hermenéutico haría con las de Cleopatra.
Escribía sobre su forma de caminar por los suburbios -como si toda la maldad del terreno se armonizase hasta parecer inofensiva-, con la mente en blanco pero la mano llena de ideas que querían escapar.
Llegó a memorizar el gesto que hacía cuando algo le disgustaba, su forma de arrugar la nariz; o cuando probaba algo dulce, sus labios se separaban sigilosamente para dejar escapar un suspiro; o cuando algo le parecía interesante, esa luz cegadora que cobraban sus ojos esmeralda; o aburrido, el blanco de su mirada; o angustiante, sólo con ver su piel de gallina. Consiguió retener su lenguaje de signos de tal manera que, si se lo planteaba -y claramente lo hacía-, podría imaginarla en cualquier situación existente y por existir.
Conocía su armario como la palma de su desganada mano, cada falda, cada blusa; si cambiaba ligeramente su color de labios, o de sombra de ojos, o el perfume, él lo notaba.
La comprendía en silencio; y la consolaba con la miraba que le mandaba desde la oscuridad que desprendían todos los corazones rotos.
La veía en todos lados, siempre que tuviera los ojos cerrados; cuando los abría, ella desaparecía.
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