Sólo soy otro corazón roto que este mundo olvidó.
martes, 16 de julio de 2013
viernes, 12 de julio de 2013
Y vuelta a empezar...
Sueños rotos.
Sueños rotos y esperanzas que se hicieron añicos. Un paso en falso y se los clava como si de cuchillas se tratase.
Y miedo. Un miedo que le recorre todo el cuerpo, doliendo allí donde más lo siente. Miedo a que todo lo que sintió se pierda en el olvido. Miedo a que nada de lo que haya pasado fuese real. Pero sobre todo, miedo a que sí haya pasado, y que no sirviese de nada todo lo que hizo.
Todas las lágrimas derramadas, todas las cartas escritas, todas las facturas telefónicas con las que tanto se habían enfurecido sus padres. Miedo a que todo eso se desvanezca, como si nunca hubiese pasado, dejando un pequeño agujero en su pecho. Un agujero allí donde latía su corazón, allí donde todas esas mariposas se habían revelado, allí donde tantas veces él se había quedado dormido.
Pero no. Ya había sufrido demasiado, ¿no? Estaba harta de ser siempre la niñita buena.
De un portazo cerró la puerta de su habitación y se dirigió al baño. Se miró en el espejo: la misma mierda de siempre. Pero esta vez tenía unas ojeras impresionantes, y unas marcas grises ahí donde el rimel se había corrido. Quieta, pestañeando, sin saber que hacer. Se veía horrible, fea, asquerosa... Y más delineador corrido por culpa de nuevas lágrimas. Lo que ella no veía es que detrás de aquella capa de humedad había unos increíbles ojos castaños. Tras las manchas de pintura empapada, una cara preciosa. Pero ella no lo apreciaba. Después de veinte segundos contemplándose, se empapó la cara con agua fría. Las manchas desaparecieron, y las ojeras se en clarecieron. Se secó, y se volvió a poner el rimel y el delineador, y algo de maquillaje en las sombras que continuaba teniendo bajo los ojos. Pero no se paró a mirar lo hermosa que estaba. De camino a la entrada, cogió su bolso, y se fue.
Estaba dispuesta a acabar con todo esto de una vez por todas, a decirle que ya había sido suficiente. Pero llamó a su puerta, le miró a los ojos, y vuelta a empezar...
Sueños rotos y esperanzas que se hicieron añicos. Un paso en falso y se los clava como si de cuchillas se tratase.
Y miedo. Un miedo que le recorre todo el cuerpo, doliendo allí donde más lo siente. Miedo a que todo lo que sintió se pierda en el olvido. Miedo a que nada de lo que haya pasado fuese real. Pero sobre todo, miedo a que sí haya pasado, y que no sirviese de nada todo lo que hizo.
Todas las lágrimas derramadas, todas las cartas escritas, todas las facturas telefónicas con las que tanto se habían enfurecido sus padres. Miedo a que todo eso se desvanezca, como si nunca hubiese pasado, dejando un pequeño agujero en su pecho. Un agujero allí donde latía su corazón, allí donde todas esas mariposas se habían revelado, allí donde tantas veces él se había quedado dormido.
Pero no. Ya había sufrido demasiado, ¿no? Estaba harta de ser siempre la niñita buena.
De un portazo cerró la puerta de su habitación y se dirigió al baño. Se miró en el espejo: la misma mierda de siempre. Pero esta vez tenía unas ojeras impresionantes, y unas marcas grises ahí donde el rimel se había corrido. Quieta, pestañeando, sin saber que hacer. Se veía horrible, fea, asquerosa... Y más delineador corrido por culpa de nuevas lágrimas. Lo que ella no veía es que detrás de aquella capa de humedad había unos increíbles ojos castaños. Tras las manchas de pintura empapada, una cara preciosa. Pero ella no lo apreciaba. Después de veinte segundos contemplándose, se empapó la cara con agua fría. Las manchas desaparecieron, y las ojeras se en clarecieron. Se secó, y se volvió a poner el rimel y el delineador, y algo de maquillaje en las sombras que continuaba teniendo bajo los ojos. Pero no se paró a mirar lo hermosa que estaba. De camino a la entrada, cogió su bolso, y se fue.
Estaba dispuesta a acabar con todo esto de una vez por todas, a decirle que ya había sido suficiente. Pero llamó a su puerta, le miró a los ojos, y vuelta a empezar...
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